LA HERMANA DE KATIA (Andrés Barba) 05/03/2018


De la mano de Manuel, lector incansable, Quijote de las letras, nos llega la hermana de Katia de la mano de la mismísima Katia, de la abuela debutando con Alzheimer, del meapilas de John Turner y de la p. madre (nunca mejor dicho) que parió a las dos; todo ella condimentado con la abuela y la tortuga Giac o como se llame y el fantasma de su hija Nuria.
Novela dura, de ambiente barriobajero, sin principios ni moral mínima, que queda suavizada por la dulzura e inocencia de una adolescente de 14 años a la que entre todos hemos catalogado como un poco deficiente psíquica. ¡Vamos, que parece que tiene un puntito!, que nadie lo niegue porque doy fé de que así fue debatido y aceptado de modo unánime. Es ese punto de vista ingenuo el que nos conduce por una lectura tierna, adentrándonos con dulzura en el mundo de una madre prostituta y de una hija-hermana rebelde, lista y mal hablada, que por cosas del amor a un italiano ¡Ay, el amor!, decide comenzar a girar sus curvas desnudas alrededor de una barra de club de alterne para ganar dinerito y marcharse a Pisa. 
Desde un principio, la adoración de la hermana por Katia convierte al lector en un observador aventajado, en alguien que ve más allá de lo que le cuenta, y desearía poder avisar a esa criatura de nombre desconocido de que se equivoca, que su querida hermana es una lagartona de lengua bífida, que la trata con la punta del pie y que no merece tanta adoración. Ella convierte lo soez del trabajo de Katia en elegancia, en belleza, en sensualidad, en admiración; tanta admiración que nos hace dudar de si realmente estamos en el punto de vista correcto. Mientras tanto mantiene una nula valoración de sí misma, de su físico y de sus dotes... hasta que encuentra al puritanísimo y estrecho mormón americano (lo de mormón porque lo hemos imaginado así, barbilampiño, su chapita en el pecho con su nombre y su camisa blanca y su canesú). Y, claro, ella, deseando repetir lo que ha visto en su hermana, sin saber donde se mete (en el buen sentido de la frase), inicia los prolegómenos pecadores de la carne y acaba compuesta, o más bien, desnuda (con calcetines) y sin su John. 
¡Por Dios!, qué angustia de no saber su nombre; ¿qué más le daba al bueno de Andrés Barba darnos aunque fuera una pista?, ¿para qué sirve ocultarlo si entre todas las madrileñas del Universo no la íbamos a encontrar? ¿o es que pensó que nos íbamos a poner a espiar a las adolescentes que fueran a la Plaza Mayor a ver a los turistas?, este hombre tiene un problema de paranoia recalcitrante no curable ni con la dedicación a la escritura. Le he dado vuelta al posible nombre de ropa de mujer: Agatha Ruiz de la Prada, Anna Mora, Carolina Herrera, Purificación García... pero todos me parecen muy ostentosos para lo que su querida madre quería, con lo cual puede ser: modas Pepa, Confecciones Antonia o Ming Tsu Chuan, quién sabe. El tío hace un amago de contárnoslo para que indaguemos pero se queda tan corto de información que ni el mismísimo Sherlock Holmes ha conseguido llegar a averiguar nada, y eso que se tomó interés porque, hombre, Sherlock, está feo decirlo, pero es buen amigo desde chiquetito. 
De la abuela no hablamos, porque a la mujer la pone como de muy mayor pero aún trabaja, y la criatura se pega unos viajes de Málaga a Madrid tan rápidos que más bien parece que viene de Móstoles, además de qué no sé de donde saca tantos días de permiso en el curro. Tanto currar, tanto currar para tener esa descendencia... 
Bueno, nos vamos al desenlace. La verdad es que el final es aplaudido porque acaba bien: la madre se normaliza y deja su trabajo glamuroso por el de carnicera, gracias al amor y a ese pedazo de hombre, Jorge, que hasta hace labores de buen padre; la dichosa Katia por fin se va a olvidar del petardo de italiano y va a iniciar una nueva vida, mientras que la chica sin nombre, por tercera vez en el relato, vuelve a desnudarse con los calcetines puestos, y colorín colorado...
Ricardo Ferreiro

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