LA TREGUA (Mario Benedetti) (04/12/2017)


Por vez primera, nuestra tertulia cruza el Atlántico, se planta en la desembocadura del Río de la Plata y mira a la derecha donde el gran Benedetti, en un encantador café montevideano nos cuenta una tierna y dura historia de amor. Una historia de amor en formato de diario. Martín Santomé es un funcionario gris, viudo con tres hijos y a punto de jubilarse. Lo curioso es que no sé si la vida va muy rápida y “los tiempos cambian que es una barbaridad”, como decía el boticario Don Hilarión en La Verbena de la Paloma, pero veo a un hombre joven, de casi cincuenta años, a punto de jubilarse y sin ilusiones ni esperanzas más que la añoranza imposible de la mujer amada y las preocupaciones que les dan sus hijos, y me digo, ¡joé, qué envidia, cuántos años por aprovechar!, con lo que nos queda para jubilarnos en estos tiempos y el tío se va a jubilar con 50, ni que fuera de telefónica. 
El relato de su trabajo de contable nos haría odiar esa profesión definitivamente, hasta que aparece Laura Avellaneda (Avellaneda para los amigos) y su ilusión va creciendo con la narración., va creyéndose esa ilusión hasta el despertar postrero. Cierto que Benedetti la escribió en 1959, aún así, diría que es una novela del primer cuarto del siglo XX por el modo en que trata la relación amorosa, dotándola de un secretismo que no tiene sentido para un hombre viudo, aunque le doble la edad a la chica; por la manera en que se aborda la homosexualidad del hijo por parte del otro hijo y de él mismo y por la propia historia en sí misma. 
Mario Benedetti va desgranando la el relato dotándolo de ritmo tranquilo y musicalidad de balada, como buen poeta que es. Y de esa poesía en prosa manan frases que se antojan inmortales, como sentencias históricas de almanaque: “Si alguna vez me suicido será en domingo. Es el día más desalentador, el más insulso”, “Vos haces el amor con cara de empleado”, “Pero si usted todavía es un hombre joven. Todavía. ¿Cuántos años me quedan de “todavía”?” 
Hay mucho pesimismo y conformismo a través de los días, si bien el caso de infidelidad de Mario Vignale con su concuñada, lejos de ser un melodrama más, le da un toque de humor ridículo que anima algo la trama. Sin embargo, poco a poco, nuestro protagonista va entusiasmándose, metiéndose en el papel de hombre enamorado; va evolucionando positivamente en su relación, hasta que la vida le da un vuelco y al lector también, porque ¿quién iba a imaginar que Benedetti se iba a cargar a Avellaneda?, nos sorprende a todos y nos deja el corazón descolgado. De ahí que Martín Santomé nos diga: “Es evidente que Dios me concedió un destino oscuro. Ni siquiera cruel. Simplemente oscuro. Es evidente que me concedió una tregua.” 
Gran obra, hermosa y dura. Grande Benedetti. 
Ricardo Ferreiro

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